Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

EL BARBERO

Moisés Álvarez sólo tenía dos miedos confesables: al dentista y al peluquero.

A lo largo de su vida se había enfrentado a peligros mayores sin dudarlo y sin el temor de no superarlos con éxito.

Lo peor de los miedos es que ni el que los padece es capaz de racionalizarlos y, mucho menos, luchar contra ellos. Deben de ser reminiscencias de la infancia, o más bien de la adolescencia; pero no suelen darse juntas en una misma persona. Lo que sí parece claro es que, entre ambos miedos, el caso del dentista, quizá sea más comprensible.

¿Quién no ha sentido ese miedo alguna vez?

En el caso de Moisés con más motivo; no había dentistas en su entorno juvenil y las muelas cariadas se las extraía el practicante de la empresa minera, a veces sin anestesia, alegando que la infección restaba sus efectos y que no se podían desperdiciar medicamentos. Luego un poco de salmuera y a correr.

Cuando sus dientes, ya maltrechos, entraron en contacto con el torno, instrumento infernal donde los haya, no tardó en concluir que se trataba de una reproducción fidedigna de antiguas torturas. Acaso peor que cualquiera de aquellas torturas antiguas.

Sólo cuando, después de mucho tiempo de peligroso absentismo, comprobó que no sufría dolor en sus visitas al dentista pudo superar sus reticencias a acudir a la consulta; no así el miedo que, si bien mitigado, persistiría hasta el final.

En lo referente al peluquero, el asunto era más grave y con consecuencias difíciles de predecir. He utilizado un eufemismo al definir su miedo como confesable, pues Moisés  se cuidaba muy mucho de contarlo, salvo a algún amigo de cuya discreción se fiaba. Tanto es así que tengo para mí que soy el único que conoce su dolencia y que, en cierto modo, le estoy traicionando con este relato.

En descargo de mi conciencia diré que mi intención es elaborar un informe objetivo de sus miedos con el único fin de que los psiquiatras que lo tratan desde que perdió la cordura, ya que, por mor de su mutismo, provocado por la vergüenza que siempre le dio confesar su pavor al peluquero, éstos no disponen de elementos con que afrontar su más que predecible psicopatía. Moisés corre serio peligro de entrar en un estado de enajenación y descuido crónicos.

Sé de la evolución de su sin igual dolencia por lo que él me ha contado en nuestros sucesivos encuentros, después de separarnos una vez acabado el Instituto y, por él, sé que empezó a tener miedo al peluquero cuando el barbero del pueblo (entonces, la peluquería era para las chicas y la barbería para los chicos, aunque en ambas cortasen el pelo también), sin previo aviso, le afeitó la pelusilla que coronaba su labio adolescente y que, ni por asomo, se parecía a un bigote; aunque Moisés lo tuviera por tal.

Como quiera que fuese, Moisés me confesó que se había sentido violentado, como si una desconocida le hubiera desvirgado en la plaza del pueblo ante la atenta mirada de todos sus convecinos, incluido el cura, y que el roce de la navaja barbera le había producido una sensación más extrema que la extracción de una muela sin anestesia o, más tarde, el contacto de sus dientes con el torno demoniaco.

A partir de ese momento su vida se volvería más triste, pues habría de sortear el ridículo que a él, personalmente, le producían sus cambios físicos consecutivos; por otra parte, comunes al resto de los adolescentes. Cumplir años no disimuló la sensación de desprotección frente a la mirada de los otros y, sobre todo, de las chicas. Nunca pensó que el estupro cometido por el barbero, de cuyo nombre no se olvidaría nunca, le había hecho un gran favor, en tanto que disponía de un lienzo en blanco sobre el que pintar los rasgos más convenientes a su rostro. Recordaba el rasgar de la navaja barbera y el riesgo que conllevaba cualquier error del que la manejaba para su integridad física y sus futuras relaciones.

Leyó en alguna parte que el que no es rebelde en la juventud no merece una madurez serena y aplicó dicha máxima a su vida. Decidió esquivar las barberías. Se dejó crecer el pelo y la barba y, durante un tiempo se sintió a salvo. El miedo al barbero fue reemplazado por otros miedos de menor enjundia. La vida es buena consejera cuando, después de dudas y variaciones, has llegado a la conclusión de que tu aspecto es el que te corresponde y empieza a importarte poco lo que te diga el espejo a la cara cada mañana.

No obstante, es también esa misma vida la que se pronuncia respecto a la necesidad de aliño personal. Le costó a Moisés darse cuenta de que tenía afrontar el miedo al peluquero, si no quería desaparecer bajo una avalancha de pelo. Las circunstancias eran propicias. Ya no vivía en el pueblo. Las barberías habían sido abolidas y sustituidas por peluquerías unisex. Las navajas barberas, por cuchillas de afeitar desechables. Sin embargo, en la mente de Moisés sólo tenía cabida el sonido, casi imperceptible para todos menos para él, de la navaja al contacto con la piel; la navaja o cualquier otro artilugio dedicado al menester del afeitado.

Tembló Moisés cuando un amigo librero le recomendó una peluquería muy peculiar y próxima al lugar donde solían reunirse y le presentó al dueño, Julián, personaje de relato, que hacía las veces de gerente, peluquero y cobrador, y era, además, diestro en el arte de dar palique a los clientes. Esto lo descubriría más tarde; pero ya en el instante en que chocaron las manos percibió que Julián era un tipo singular.

El trato fue exquisito desde el principio. La simpatía y locuacidad de Julián consiguieron que Moisés bajase la guardia y, para satisfacción de su amigo, decidiera utilizar su peluquería como empalizada contra el miedo; por más que en el fondo entreviera en los gestos del peluquero las trazas de un barbero, sólo que mucho más sofisticado y con un establecimiento a su cargo que desmentía su impresión.

Todo fue bien hasta que Moisés tuvo que ausentarse por motivos de trabajo. Julián leía y viajaba y eso le daba cierta autoridad para hablar sin parar sin que su discurso, nunca repetido salvo por la vanagloria que le suponía conocer medio mundo y haber leído libros de máxima actualidad, pareciera la evocación de un oficio antiguo. Los barberos y los sacamuelas tenían fama de parlanchines, quizá una treta para dar confianza a los pacientes, si no para anestesiarlos con la palabrería; a veces, incluso, el barbero hacía las veces del dentista. También en esto Julián era más sofisticado. Por otra parte, Moisés, de talante callado y discreto, empezó a interpretar las sesiones con el peluquero como si fueran visitas al terapeuta; sesiones programadas, en las que el doctor Julián contestaba más que preguntaba.

Una vez sus destinos se separaron, Moisés Álvarez sintió un gran vacío afectivo, cuya causa compartían el peluquero y el librero, pero, a su vez, comprobó que la terapia administrada por el trotamundos Julián había surtido efecto. Aunque seguía teniendo fobia a las cuchillas y al torno odontológico, como si fueran un todo que se resistiese a abandonar su memoria, visitó a otros peluqueros y a otros dentistas y hasta llegó a confiar en su pericia y buen juicio.

Moisés vivió en el limbo durante varios años en los que la rutina que trae consigo la madurez suele proporcionar un cambio sustancial de rituales, costumbres y formas de mirar y de mirarse. El miedo persistía, pero de una forma más latente que efectiva y no le restaba capacidad de decisión, salvo en las salas de espera; por lo que siempre pedía ser asistido a la hora fijada y admitía pocas excusas si el tratamiento se retrasaba. Además, las peluquerías habían cambiado mucho y estaban bien surtidas de esas máquinas que, tanto rebajan el pelo, como la barba y cuyo roce es mucho más suave que el de la navaja barbera y las cuchillas desechables.

Sin embargo, como todos sabemos, pues es potestad de los diablos, el del gremio de los barberos siempre está al acecho y tiene mucha paciencia para esperar a que su víctima baje la guardia y tomar la iniciativa, cuando las defensas, que dispensa el miedo, han desaparecido.  En una visita improvisada a la ciudad primera, mi buen amigo Moisés, decidió darle una oportunidad a la memoria de los buenos tiempos y acudió a la peluquería de Julián, con la esperanza de que todo siguiera igual que antaño.

Al entrar en el local tuvo una grata impresión. En un primer momento, sintió el mismo calor acogedor que había experimentado la primera vez, a pesar de su miedo. Julián era simpatía y la locuacidad, eso no había cambiado, aunque pasadas por años de trabajo. Estaba más viejo, como era natural, pero quizá también más sabio y lo recibió como si apenas hubieran transcurrido unas horas desde su último encuentro. En cuanto a la peluquería observó que había sufrido reformas y que, a simple vista, parecía más descuidada y desordenada. No le dio importancia; el tiempo reubica las cosas con un criterio que a veces se nos escapa.

Julián lo condujo hasta el sillón y, con buen ánimo, lo envolvió en un mandilón blanco. Desde ese instante, empezó a relatarle su último viaje a una ciudad sin nombre en la que el tiempo parecía haberse detenido muchas décadas atrás. A su vuelta había cargado con un montón de vivencias, entre las cuales no era baladí la de haberse reencontrado con las barberías tradicionales y con la exquisitez de los viejos barberos para rasurar la barba y cortar el pelo a navaja. Fue tal el impacto que, no sólo compró una buena remesa de navajas, sino que había decidido que, ya próximo a la jubilación, retrasaría su retiro y dedicaría el resto del tiempo que le quedase, antes de que sus manos empezasen a temblar o su cabeza a olvidarse de las cosas, a restaurar y dignificar un oficio tan honroso como el de barbero.

Moisés Álvarez sintió un repentino estupor, que trató de mitigar apelando a la confianza que siempre había tenido en las manos de Julián y la garantía de que aquella no era la primera locura del peluquero y que, con toda seguridad, se le pasaría tan pronto como las anteriores. La letanía de éste no tenía fin ni interrupciones; de tal modo que Moisés se dejó llevar por un agridulce sopor.

En el sueño que lo siguió, volvía al pueblo de su infancia. Todo estaba igual que cuando era niño: la escuela, los bares, la farmacia, la barbería… Se dirigió hacia ella movido por un impulso irracional. En efecto, nada había cambiado o, al menos, él así lo percibió. No obstante, si se apercibió de que en el rostro del barbero que había marcado su vida adolescente,  arrancando de cuajo la pelusilla de su incipiente bigote, había un rasgo que no encajaba en sus recuerdos. Hasta que no estuvo bien sujeto a la silla por el babero y la navaja barbera no se aproximaba a su rostro, movida por una mano temblorosa, no se dio cuenta de que el barbero estaba ciego. Curiosamente, no se preocupó; confiaba en su destreza y había perdido el miedo. Lo siguiente que sintió fue cómo la cuchilla de la navaja, bien afilada como era la costumbre, penetraba en su cuello y sajaba la laringe de derecha a izquierda. No sintió dolor, ni miedo, como si fuera lo más natural que un barbero ciego y tembloroso te degollase en el simple y ensayado acto de quitarte la pelusilla del bigote.

Pensó que ya estaba muerto, a la vez que el grito de Julián lo despertaba y Moisés observaba cómo la sangre de su cuello chorreaba sobre la sábana blanca que lo cubría, el barbero redivivo se llevaba las manos a la cabeza y él supo que se le iba la vida en el crujido metálico de la navaja al chocar contra el suelo.

Como no puede ser de otra forma, yo supe de este raro suceso (otro eufemismo) años después, cuando, por casualidad, me enteré de que mi amigo Moisés pasaba sus días en un centro psiquiátrico.

Me encontré con un ser desmadejado, ataviado con pijama azul que parecía moverse solo por la celda, sin ninguna conexión con los músculos y huesos que se extinguían en las zonas del cuerpo que ocultaba, calvo, chupado de cara, ojeras cenicientas que hacían diminutos sus ojos dentro de unas cuencas exageradamente grandes, barba larga y desaliñada. Una alucinación en toda regla que, sin embargo, me habló con tanta decisión y paradójica  coherencia que, una vez más, me sorprendió.

Lo primero que me dijo fue que por qué perdía el tiempo visitando a un muerto. ¿Acaso no me había enterado? Estaba muerto; luego, ya era hora de que se diera crédito a sus miedos. Se había descuidado y la confianza había acabado con él. Era el único responsable de su muerte.

Lo miré y, en efecto, parecía un cadáver que se ha despistado en el cementerio. Empezó a hablar en un tono pausado y, sin yo pedírselo, me contó la historia de sus miedos, que yo ya conocía en buena medida, como aquí he referido. Precisamente, lo que no sabía de la deriva de esos miedos era la parte más jugosa e insólita de su historia. Tardó un buen rato, durante el cual yo permanecí en silencio, casi sin moverme. Para terminar, sereno y quizá expectante por ver mí reacción, me aseguró que no había sentido dolor cuando la navaja barbera sajó su cuello. Tampoco miedo; aunque quizá sí un poco de lástima por su amigo Julián, el barbero, que se había vuelto loco de repente. No había otra explicación. Perder la conciencia era peor que la muerte.

No supe qué decir. Aún dudaba de si el Moisés que tenía delante era un loco o un cadáver. En cualquier caso, es muy difícil dirigirse tanto al uno como al otro. No obstante, le hice una última pregunta: ¿Lo saben los médicos? Otra vez me daba la impresión de que era yo el único que conocía su historia desde el principio. Su respuesta fue concisa: “No. No quiero que me tomen por loco. Prefiero la muerte.“

Al salir me topé con dos integrantes del equipo facultativo que trataba con poco éxito de penetrar en la mente de aquel ser demediado, en busca de alguna pista de las causas de su alarmante deterioro. En efecto, como ambos corroboraron, Moisés no había soltado prenda; ni bajo hipnosis lograron sonsacarle nada. Pensé que mi amigo pudiera haber guardado silencio para, en conciencia, no inculpar al peluquero o, como él mismo me había dicho, para que no lo tomasen por loco. Eso agravaba la situación, ya que para la psiquiatría  resulta  indispensable la colaboración de los pacientes. Debido a su contumacia, había sido imposible elaborar un diagnóstico del cual partir. Su caso no obedecía a ningún patrón; ninguna fobia conocida era capaz de provocar un deterioro tan extremo. El único tratamiento a su alcance era medicarlo, tratar de que estuviera en calma y observarlo mientras se extinguía.

La psiquiatría había avanzado mucho también, como las peluquerías y las clínicas odontológicas, y los psiquiátricos ya nada tenían que ver con los manicomios antiguos donde se podían ver imágenes espeluznantes de monstruos vagando por los pasillos entre muecas de horror y ausencia. No obstante, aún se tenía que investigar mucho; continuamente, surgían nuevas enfermedades que requerían investigación y atenciones adecuadas. No había que perder la perspectiva; aunque en el caso de Moisés tenían que reconocer que más de una vez habían tenido la tentación de tirar la toalla.

No me atreví a preguntarles a los doctores si Moisés estaba loco; porque quizá el que tenía que estar encerrado en la celda de Moisés era yo, pues no bien callaron los doctores, me ofrecí voluntario para redactar un informe que les sirviera de punto de partida y tratar como se debe la dolencia mental de enfermo tan extraño. No sabía si les serviría de algo el resumen de lo que Moisés me había referido a lo largo de los años hasta la alucinada confesión de minutos antes; pero mal no les iba a hacer y, al menos, tendrían una perspectiva desde la que actuar.  

Ese ofrecimiento insensato fue el origen de este relato, cuya intención primera era la de ser un somero informe de las causas probables de una psicopatía desconocida.

Sin embargo, los doctores no tendrán noticia de su existencia y, así mismo, el que lo leyere debiera actuar con la máxima discreción.

La razón de este cambio de planes es elocuente: acabo de recibir una llamada del doctor Morón, jefe del equipo médico que asiste a Moisés para darme una noticia luctuosa. Moisés se ha quitado la vida; degollándose. Nadie sabe de dónde pudo sacar la navaja barbera que utilizó para hacerlo, de derecha a izquierda; no era zurdo, no salía de su celda y no recibía visitas.

¡A qué parece mentira!